¿Puede el sordo, estando privado de habla, alcanzar la salvación eterna?
Ya antes del nacimiento de Cristo era tal el valor que se le daba a la palabra pronunciada y oída, que en ella estaba la raíz de la exclusión social, legal, y aún espiritual de la persona sorda. En el Antiguo Testamento, Dios le recuerda a Moisés que Él “formó al mudo y al sordo, al que ve y al ciego” (Éx IV, 11), pero al mismo tiempo se ve obligado a dictar entre sus mandamientos: “No maldecirás al sordo, ni pondrás tropiezo delante del ciego” (Lev XX, 14), poniendo de relieve las barreras que podía sufrir por su diferencia. Por otra parte, aquellos que en el Nuevo Testamentollevan al compañero sordo y mudo delante de Jesucristo para que éste obre el milagro de que sean “abiertas sus orejas y desatada la ligadura de su lengua” (Mc VIII, 32-35) no buscan, dotándole de la palabra, más que su inclusión en la sociedad.[…][…] (Raquel Velázquez)
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